Conocí a Chiquita el siglo pasado, lo que no es ninguna noticia extraordinaria.
Estoy seguro que todo aquel que lea estas líneas, tendrá conocimiento de mil o más personas nacidas el siglo pasado.
El caso es que cuando conocí a mi hermana la vida se me desdoblo en dos personajes singularmente mágicos.
Porque mi hermana es melliza con mi hermana. Con mi otra hermana, claro.
Es decir: en casa había como un espejo ambulante que no registraba cabalmente -- o, mejor dicho, no reflejaba puntualmente -- la imagen que yo esperaba ver.
Chiquita pasaba frente al espejo pero a la vez estaba de espaldas otra Chiquita..
A Chiquita le ponían el moño y a Chiquita (pero era Goldy) le estaban poniendo perfume. (Es un secreto familiar que las niñeras que tenían cada una, Elena y Bruna, es esmeraban por hacerles el moño de mayor tamaño. A veces me pregunto cómo pasaban por las puertas... Presumo que una detrás de otra).
Bueno: me pidieron que escribiera sobre mi hermana.
Hablar de una, para mí, es hablar de la otra. Por aquello de los espejos, ¿no?
Creo que este laberinto de dualidades es lo que me hizo amar a Borges desde pequeño.
Y esa pesadillesca confusión también me hizo amarlas a ellas por partida doble. |